lunes, 30 de enero de 2012

NO TODOS LOS MUERTOS SON IGUALES


El hundimiento del Wilhelm Gustloff


Los grandes naufragios, con los pasajeros chillando por los pasillos, todos con sus chalecos y sus caras de angustia, el ¡las mujeres y los niños primero!, las miradas asustadas de miles de personas flotando en frágiles lanchas salvavidas sobre las frías aguas…son temas que suenan a pasado, a capitanes valientes que eran los últimos en dejar el barco, cuando no acababan “enterrados” con él, a señores con sombreros de copa y bigotes retorcidos, caminando de la mano de estiradas damas que lucían vestidos con corsé y grandes pamelas  y de orquestas que seguían tocando impasibles mientras, literalmente, el barco se hundía. ¿Quién no ha visto Titanic?

No es que se hayan acabado los accidentes y las grandes tragedias, es que éstas ahora son más modernas. Las que chillan ya no llevan pamelas sino uniformes de azafata, y no hay lanchas salvavidas para arrojarse por la borda. Son, en definitiva, tragedias adaptadas a los nuevos tiempos. Más rápidas, más movidas y, sobre todo, más de usar y tirar. Ahora ya no se van a pique grandes barcos con suntuosos y caros salones, con lámparas de araña y cuberterías de plata, los que se la pegan son aviones hechos en serie, con sus asientos a 30 euros para la clase turista y sus acabados en plástico malo.

Por eso, cuando estos días encendemos el televisor o leemos los periódicos algo no termina de cuadrar. ¡Se ha hundido un barco! ¿Cómo puede ser posible? ¿Con permiso de quién se ha saltado ese crucero 100 años de historia? Y, debido a ello, nos extrañamos de que el capitán no tuviese los férreos valores morales de Edward J. Smith, quien durante el hundimiento del Titanic mostró, como buen marino, el temple suficiente como para irse a pique con su barco.

El caso es que lo extraño de tal acontecimiento hace que ver a semejante mastodonte hundido en la pequeña isla de Giglio nos lleve a recordar ese hundimiento que permanece, muy ayudado por la industria del cine, en la memoria colectiva de todos nosotros. Y así, pensamos en el Titanic, con Kate Winslet subida en su tabla de salvación mientras Di Caprio se moría de hipotermia.

Y, al activarse ese pequeño resorte en la memoria, los medios de comunicación comienzan a recitar una larga lista de naufragios y barcos hundidos. El Titanic, como gran estrella, no puede faltar, pero también son célebres el Lusitania, torpedeado por submarinos alemanes durante la Primera Guerra Mundial en aguas cercanas al puerto irlandés de Kinsale, o el MV Doña Paz, hundido tras colisionar con un petrolero a finales de los 80 en aguas filipinas. Este último siempre nos es presentado como la mayor catástrofe naval de la historia, a veces matizada como el mayor naufragio, por número de víctimas, no militar.

Pero entonces cabe preguntarse. ¿Cuál fue el mayor naufragio, sin etiquetas, de la historia? Algo raro ha de ocurrir cuando tal hecho nunca es citado, ni tan siquiera tras el affaire de Schettino y su moldava, ¿no?

El problema no radica en que dicho naufragio fuese consecuencia de una acción militar, porque también el Lusitania fue víctima de un ataque con torpedos y en ambos casos hubo víctimas militares y, sobre todo, civiles. El problema es que esta catástrofe la causaron los buenos. Bueno, esos buenos que primero eran buenos pero después se volvieron malos malísimos y ahora vuelven a ser buenos, amigos de occidente y todas esas cosas.

Corría el otoño de 1944. La wehrmacht, debido al fracaso de los mesiánicos planes de su Führer, hastiada tras su larga y agónica campaña en tierras rusas, cedía terreno a pasos agigantados en dirección este. La fase europea de la Segunda Guerra Mundial tocaba a su fin y el Ejército Rojo se aproximaba, por primera vez desde que empezasen los combates, a territorio alemán.

En Prusia Oriental cundió el pánico. No obstante, las autoridades alemanas, obstinadas en su fanatismo, decidieron que el territorio patrio debería defenderse hasta el último metro y, por tanto, los civiles tendrían que quedarse.

Así, la evacuación de los mismos no se llevó a cabo hasta comienzos de 1945. En pleno invierno báltico, sin la cobertura de una marina de guerra efectiva y bajo el acoso de las fuerzas de la Unión Soviética, una serie de barcos de diseño civil fueron utilizados por la Kriegsmarine, la armada alemana, como convoyes de rescate para los desesperados prusianos.

Entre ellos estaban el Wilhelm Gustloff, el protagonista de nuestra historia, el desdichado navío que ostenta el dudoso récord del naufragio con más muertos, y el MS Goya, que ocuparía la segunda plaza (la tercera también es para un navío hundido por los aliados, en este caso el carguero japonés Zyunyo Maru, abatido por un torpedo lanzado desde el británico HMS Tradewind, muriendo más de 5.600 personas). 

 

A las 12:30 de la mañana del 30 de enero soltó amarras en el puerto de Gotenhafen, Prusia Oriental, y precedido de un dragaminas, el Wilhem Gustloff. Llevaba en sus entrañas a 1.656 militares y 8.956 civiles. El día transcurrió en tensa calma, pero al caer la noche un submarino ruso lanzó sus torpedos contra el indefenso buque.

A pesar de los esfuerzos de los restos de la marina alemana que se encontraba en la zona por rescatar supervivientes, más de 9000 personas perdieron la vida en las heladas aguas del Báltico.

Otros muchos los seguirían en los meses finales de la guerra. Y es que los buenos, aunque se empeñen en ocultarlo, fueron también copartícipes de las barbaridades de la contienda.

LA CERRAZÓN DE UN SISTEMA

La increíble historia de Iwao Hakamada


1957 sería el año que conociese al primer ser vivo lanzado al espacio, Laika, enviada a una muerte segura y cruel por los científicos de la URSS. Sería además el año en el que el senador Joseph McCarthy, ángel exterminador del comunismo en los EEUU, pasase a mejor vida. Sería, en definitiva, un año como otro cualquiera de los cuarenta y tantos que duró la denominada Guerra Fría. Y sería también el año en el que un joven boxeador nipón llamado Iwao Hakamada, de tan solo veintiún años de edad, llegase a ser el sexto mejor púgil japonés en el peso pluma.

En esos tiempos todo parecía marchar bien para el joven Iwao. A su precoz carrera pronto se unió su matrimonio con una bailarina de cabaret, con la que tuvo un hijo. Las cosas, sin duda, iban viento en popa para la prometedora estrella. Las masas lo aclamaban y él se estaba forjando una carrera como boxeador profesional.

Pero todo empezó a torcerse. Primero vino la lesión, un día su rodilla dijo basta e Iwao se vio obligado a cambiar los rines por las máquinas de un taller. Después, lo peor, su condena, una condena que le destrozaría la vida y lo castigaría a pasar el resto de sus días en la cárcel, viviendo una tortura psicológica difícilmente imaginable.

Y es que cuando Iwao aceptó la oferta de Fumio Hashiguchi, dueño de una fábrica de miso -pasta de soja utilizada para hacer sopa- en Shimizu, Prefectura de Shiuzoka, para que trabajase para él, poco podía imaginar lo que se le venía encima.

El treinta de junio de 1966 eran asesinados en su casa el propietario de la fábrica de Shimizu, su mujer y sus dos hijos. Se trataba de un crimen brutal. El ladrón, ya que todo indicaba que se trataba de un robo, había sustraído de la propiedad 200.000 yenes y luego le había prendido fuego. Al parecer el autor se había ensañado de manera brutal.

Desde un primer momento nuestro protagonista fue señalado por las autoridades y la prensa local como el único sospechoso. Las razones estaban claras. Iwao era un forastero, estaba divorciado, con lo que había roto las reglas no escritas de la tradicional sociedad japonesa, era un exboxeador, con los prejuicios que ello conllevaba, además, debía bastante dinero. Pero, sobre todo, Iwao era la persona más fácil de culpar, la más desamparada.

La policía lo interrogó dos veces en los momentos posteriores al asesinato, y en ambas ocasiones lo dejó ir. Si hubiese querido, Iwao Hakamada podría haberse marchado, huir hacia otra parte, pero no lo hizo.

El dieciocho de agosto la policía se presentó de nuevo en su casa para llevárselo, pero esta vez tras el interrogatorio no lo dejaron volver a su hogar. A día de hoy aquél joven boxeador que llegó a estar el sexto en el ranking de mejores púgiles pluma de Japón allá por los años 60, continúa en manos de la misma justicia que llamó a su puerta una fatal tarde de verano.

Iwao fue condenado a morir en la horca por un tribunal pocos meses después. La única evidencia concluyente consistía en su propia confesión, realizada el 9 de septiembre. A ella se unirían una serie de pruebas circunstanciales cogidas por alfileres, como la de un supuesto arma homicida, un cuchillo para pelar soja con el que en la práctica le hubiese sido imposible asestar las puñaladas, o un pijama demasiado pequeño para Iwao, que supuestamente habría llevado puesto el día del asesinato y en el que había aparecido una única gota de sangre, atribuida a alguna de las víctimas.

De nada importó que la confesión hubiese sido obtenida bajo tortura, algo nada extraño en Japón, donde la policía tiene aún hoy poderes casi ilimitados. Tampoco que durante la celebración de la vista, un especialista testificase que la gota de sangre del pijama suponía una cantidad insuficiente para ser analizada. Ni que el pijama le quedase varias tallas más pequeño. Había estado condenado desde el principio.

Durante los años siguientes los abogados de Hakamada lucharon porque se celebrase un nuevo juicio. En 1976 éste tuvo lugar. La Corte Suprema japonesa ratificó la sentencia, a pesar de que las pruebas volvieron a ser una pantomima.

A día de hoy casi todo el mundo en Japón parece reconocer la inocencia de Iwao y quizá por eso nadie se ha atrevido a ordenar su ejecución.  Uno de los tres jueces que formaban el tribunal que lo sentenció por primera vez, de apellido Kumamoto, reconoció en un libro publicado en 2007 que el juicio había sido una farsa, que él se vio “obligado” a condenar a Hakamada y que éste hecho lo había perseguido toda su vida, hasta el punto de hacerle abandonar su carrera como magistrado.

A pesar de esto, casi 46 años después Iwao continúa aún en alguna oscura celda de una prisión de Tokyo, sin saber si ese será el último amanecer que contemplen sus ojos, el último rocío que sientan sus pulmones. Y es que en Japón desde el año 1873 a los reos no se les comunica el día y la hora de su ejecución hasta la misma víspera, y a sus familiares no se les informa hasta que ésta se ha producido.

Dicha actitud ejerce sobre los condenados una presión psicológica brutal que arrastra a la mayoría de ellos a la locura. En el caso de Iwao no podría ser de otra manera. A día de hoy, y tras su largo calvario, el antiguo púgil ha perdido sus facultades mentales. Se considera un “dios omnipotente”, un ser sin principio ni fin.

Pero la tortura que las instituciones penitenciarias japonesas mantienen sobre los castigados a muerte no termina aquí. Así, éstos no son considerados por las autoridades como presos y, por tanto, no tienen sus mismos derechos. Solamente pueden caminar fuera de la celda cuarenta y cinco minutos diarios y no cuentan con televisor ni con servicio de biblioteca, pudiendo poseer únicamente tres libros. Además, se les impide el contacto con casi cualquier ser humano, no dejándoles apenas visitas e impidiéndoles relacionarse con otros reos.

Pese a esto, la mayoría de los japoneses así como las autoridades de aquél país se muestran favorables a la pena de muerte. Ésta parece ser, de hecho, la única explicación a que Iwao Hakamada siga en prisión. Aceptar que un inocente lleva más de 40 años esperando cada día, cada noche, su final, procesado de manera injusta en un juicio irresponsable y mezquino y mantenido en prisión con la complacencia de la sociedad japonesa durante todo este tiempo sería un golpe muy duro no solo para el sistema judicial japonés sino para todo el conjunto del país.

Quizá cuando el preso que más años lleva condenado a muerte de todo el mundo fallezca, en su epitafio podamos leer algo tal que “Aquí yace Iwao Hakamada, víctima de la cerrazón de un sistema”.